Categoría: Comunicación y sociedad

  • El poder de las palabras

    En un mundo hiperconectado, donde el World Economic Forum ha identificado la polarización y la desinformación como dos de los cinco principales riesgos globales, las palabras han dejado de ser solo símbolos para convertirse en armas, puentes o muros. Depende de cómo las usemos.

    Vivimos en tiempos donde un simple estímulo —una publicación, un titular, un tuit— basta para provocar una reacción inmediata. Comentamos, replicamos y sentenciamos sin pausa, como si el lenguaje no tuviera consecuencias. Pero las tiene. Y cada vez son más evidentes.

    Esta reflexión nace desde el dolor, desde la impotencia que genera ver a Colombia volver a escenarios que creíamos superados. Momentos oscuros, de violencia que no empieza en las armas, sino en las palabras. Porque antes del estallido, vino la narrativa. Antes del acto violento, vino la incitación.

    Hoy estamos viendo los efectos de una conversación pública deteriorada: la normalización del odio, el sicariato moral, el señalamiento constante al otro. Se ha instaurado un lenguaje bélico que elimina la diferencia y promueve el linchamiento. Y todo esto amplificado por redes sociales, por ejércitos de bots, por discursos irresponsables que se disfrazan de liderazgo.

    Es momento de detenernos. De hacer una pausa. De observar con honestidad cómo usamos las palabras.

    Nos corresponde, especialmente a quienes trabajamos en comunicación, liderar un cambio urgente en el uso del lenguaje. No basta con “comunicar bien”. Hay que comunicar con conciencia, con propósito, con ética.

    Tenemos que enseñar —y aprender— que no todo se debe responder, que no toda noticia se debe compartir de inmediato, que no todo lo que nos llega es cierto. Que el silencio, muchas veces, también es una forma poderosa de comunicación.

    Es momento de preguntarnos, como ciudadanos, como padres, como líderes: ¿Qué mundo estamos construyendo con las palabras que usamos? ¿A qué futuro nos llevan las narrativas que alimentamos?

    La palabra tiene peso. Tiene memoria. Y tiene poder.

    Hagámonos cargo.

    #FUERZAMIGUEL

    Publicado originalmente en mi newsletter Innovemos en la Comunicación, en LinkedIn.

  • ¿Cómo lograr que a los colombianos sí les importe la política?

    Hay algo que viene preocupándome desde hace tiempo, pero que en las últimas semanas se ha vuelto más evidente: cada vez más personas prefieren no hablar de política, no opinar, no informarse, y mucho menos comprometerse con lo que pasa en el país. “Todos son iguales”, “nada va a cambiar”, “no quiero pelear con nadie” son frases que se repiten con una normalidad peligrosa.

    Y aunque es comprensible el cansancio, lo que no podemos normalizar es la indiferencia. Porque en el momento en que dejamos de hablar de política, en ese mismo instante, estamos dejando de participar en la construcción del futuro. Un país no se transforma desde el silencio o la apatía, sino desde la conversación, la conciencia y la acción informada.

    La política también se construye en la sala de la casa

    No se trata de convertirnos en analistas ni en activistas profesionales. Se trata, más bien, de recuperar el interés, de hacer preguntas, de entender lo que votamos, lo que pagamos, lo que se decide a nombre nuestro todos los días. La política no es solo de los políticos. Es de los ciudadanos. De los que construyen empresa, educan, cuidan, trabajan, estudian y también de quienes deciden no hacer nada. Porque incluso no hacer nada es una decisión política.

    A veces creemos que el problema es la corrupción, la polarización o los partidos. Pero muchas veces el verdadero obstáculo está en esa desconexión que sentimos con las decisiones colectivas, en esa idea equivocada de que la política es algo ajeno o lejano.

    Informar, conversar y confiar: tres pasos para cambiar el rumbo

    La pregunta entonces no es solo por qué hemos llegado a este punto, sino cómo salimos de él. Y creo que hay tres caminos urgentes:

    1. Informarnos mejor, no solo con titulares de redes sociales, sino con datos reales, fuentes confiables, comparaciones históricas y contexto.
    2. Conversar más, con respeto, con apertura, con argumentos. Dejar de temerle al desacuerdo y volver a valorar el diálogo como una herramienta de construcción.
    3. Confiar más, en que sí hay personas comprometidas, sí hay datos que cuentan una historia diferente a la narrativa del caos permanente. Que sí vale la pena volver a creer.

    Colombia no va a cambiar solo porque cambiemos de presidente, de congreso o de reformas. Colombia va a cambiar si cambiamos nosotros: los que deciden dejar de huirle a la conversación, los que se atreven a formar opinión propia, los que entienden que informarse es un acto de amor por el país.

    No se trata de tener todas las respuestas, sino de no dejar de hacer preguntas. Porque un país mejor no se construye solo desde el poder. Se construye también desde el interés colectivo, desde las conversaciones en familia, desde la confianza en los datos, más que en los relatos.

    Publicado originalmente en mi newsletter Innovemos en la Comunicación, en LinkedIn.

  • El día que dejamos de leer noticias

    Si los datos no mienten, cada vez nos importa menos la información seria y más el entretenimiento superficial. En Colombia, el consumo de noticias en internet está en 41.2%, mientras que redes sociales y mensajería instantánea dominan con 98.9% y 98.0%, respectivamente.

    No sorprende. Cada día, el algoritmo nos entrena mejor para consumir lo inmediato, lo viral, lo que nos confirma lo que ya pensamos en lugar de retarnos a analizar. Mientras tanto, el periodismo enfrenta una crisis no solo económica, sino de relevancia en la era del contenido rápido.

    ¿Por qué hemos dejado de leer noticias?

    Los medios de comunicación solían ser el centro de la conversación pública. La radio, la televisión y los periódicos eran fuentes indispensables para entender lo que ocurría en el país y el mundo. Hoy, sin embargo, los medios tradicionales compiten con el océano infinito de contenido digital donde la inmediatez y la viralidad pesan más que la profundidad.

    El problema no es solo la oferta, sino la demanda. Cada vez son menos las personas dispuestas a leer un análisis completo cuando pueden quedarse con el titular. Menos aún están dispuestas a pagar por periodismo de calidad cuando el contenido gratuito, aunque sea desinformación o clickbait, está a un solo clic de distancia.

    Las cifras hablan por sí solas: el entretenimiento, la música y el consumo pasivo de redes sociales superan en engagement a las noticias. Esto plantea una pregunta inquietante: ¿qué tipo de sociedad estamos construyendo si la información rigurosa deja de ser una prioridad?

    El impacto de una sociedad desinformada

    Cuando las noticias dejan de ser relevantes para la mayoría, la consecuencia es clara: tomamos peores decisiones. Sin información confiable, no entendemos los cambios económicos, las reformas políticas o las tendencias globales que afectan nuestro trabajo y nuestra vida.

    Además, la desinformación se propaga con mayor facilidad cuando el consumo de noticias de calidad disminuye. En un mundo donde cualquier persona con acceso a internet puede publicar contenido sin filtros, la verdad compite en desventaja frente a la manipulación y la propaganda disfrazada de noticia.

    En el ámbito empresarial, la falta de información estratégica impide que los negocios tomen decisiones acertadas. ¿Cómo puede una compañía proyectar su crecimiento sin comprender el contexto político y económico? ¿Cómo puede un emprendedor innovar si no conoce las tendencias de su industria?

    Es momento de actuar: valorar, pagar y consumir información confiable

    Las empresas, universidades y organizaciones tienen un rol clave en este desafío. Es momento de fomentar campañas internas que impulsen la educación mediática y que motiven a las personas a consumir información verificada y de calidad.

    Y aquí viene un punto crucial: el periodismo serio no es gratis. Si las personas y las empresas no valoran ni pagan por información confiable, los medios que hacen un trabajo responsable desaparecerán, dejando el camino libre para la desinformación y el sensacionalismo.

    Las suscripciones a medios de comunicación, el apoyo al periodismo independiente y la promoción de una cultura de análisis crítico no son solo una inversión en conocimiento, sino en la sostenibilidad de la verdad en una sociedad que cada vez parece preferir la ficción.

    ¿Nos resignamos o tomamos acción?

    Publicado originalmente en mi newsletter Innovemos en la Comunicación, en LinkedIn.